A PROPÓSITO DEL TTIP. ¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE TRATADOS DE COMERCIO E INVERSIONES?

* Alfons Álvarez: Periodista y miembro Campaña Valenciana #NoalTTIP

Hace tan solo unas semanas, Greenpeace Holanda filtró los documentos de la decimotercera ronda de negociaciones -la última hasta la fecha- entre el gobierno de Estados Unidos y la Comisión Europea sobre el Tratado Trasatlántico de Comercio e Inversiones (Transatlantic Trade and Investment Partnership, TTIP, sus siglas en inglés).

Las conclusiones de la reunión, celebrada en New York entre el 25 y el 29 de abril de 2016, dejan bien a las claras, negro sobre blanco, que los grandes grupos de presión estadounidenses, portavoces entre otras de las potentes industrias farmacéutica y alimentaria, están logrando imponer sus criterios en la negociación. Posiblemente, esa sea la clave de por qué se ocultan los acuerdos. La filtración de los documentos ha dejado al descubierto la situación actual de las negociaciones del TTIP. Una información imprescindible para entender qué se negocia en nuestro nombre pero sin tenernos en cuenta.

El argumento de que este tipo de negociaciones no se pueden hacer con luz y taquígrafos, tan sólo parece una excusa para que la ciudadanía no se entere de lo que se está negociando a sus espaldas. Y además no tiene pinta de ser bueno para la mayoría. La imagen de un vampiro que habita en las tinieblas de la opacidad y se esfuma cuando lo ilumina la luz de la transparencia, es una buena metáfora para un tratado que se oculta a la opinión pública.

Hay numerosos ejemplos sobre la pérdida de derechos que supondrá el TTIP, si algún día llega a aplicarse en los términos en los que se está negociando. No hay más que repasar qué ha ocurrido en los países que han firmado acuerdos comerciales similares al TTIP, al CETA o al TISA. En estos países se ha producido una pérdida de derechos democráticos, laborales, sanitarios y ambientales, pérdidas para la pequeña y mediana industria que se han visto sobrepasadas por las grandes empresas capaces de poner los mismos productos en el mercado a precios mucho más baratos, pérdida de puestos de trabajo a causa de la crisis inducida en este sector industrial, ocupación del mercado por unas industrias agrícolas y alimentarias foráneas basadas en el uso de transgénicos, y en la deslocalización de una parte importante de sus procesos industriales…

Empecemos por analizar los controles de calidad, pieza básica en la defensa de los derechos de los consumidores. Es lo primero que quieren “armonizar” (sic) los negociadores. No se trata de aumentarlos, poniendo el listón en los niveles más garantistas, como los que tiene Europa. En todo caso se haría lo contrario. “Armonizar los controles” supone para los grandes lobbies empresariales nivelarlos a la baja, es decir buscar la homologación rebajando los controles europeos para aproximarlos a la casi ausencia de controles que se produce en Estados Unidos. Esta claro quién saldría perdiendo con esta relajación controladora. La pérdida de salud por parte de la ciudadanía no parece preocupar demasiado en la negociación de un tratado cuyo principal objetivo declarado es “ganar competitividad” en un mundo cada vez más globalizado, o lo que es lo mismo, mantener o incluso mejorar las tasas de beneficio empresarial, sin valorar otros aspectos como la calidad de vida o la preservación del medio ambiente.

Y es que vivimos en un planeta finito, con unos recursos limitados. Para igualar el nivel de consumo de toda la población del planeta al de los habitantes de los países más desarrollados necesitaríamos dos planetas Tierra más. Los combustibles fósiles tienen fecha de caducidad. Sus reservas cada vez son más difíciles y costosas de explotar. El fracking es una tecnología agresiva con el medio ambiente para la extracción de los llamados gases de esquisto o bituminosos. Su expansión en Estados Unidos y Canadá sólo es rentable si el precio del petróleo sigue aumentando. Exportar esta tecnología es un buen negocio. Pero la legislación Europea es mucho más protectora del medio ambiente que la americana. En numerosos países de la Unión, el fracking está prohibido. El TTIP pretende anular las barreras que protegen al medio ambiente y a las personas para construir un mundo sin fronteras… abierto a la especulación y al enriquecimiento de unos pocos.

Otro caso interesante es el papel de la industria farmacéutica en el TTIP y su repercusión sobre los países en vías de desarrollo. Hace años que los grandes laboratorios, cuyos centros de decisión están en EEUU y en Europa, luchan jurídica y políticamente contra los medicamentos genéricos. Una parte del precio de las medicinas se debe a un valor añadido por las marcas. Un valor mucho mayor del que supone la inversión (gran parte de ella debida a la financiación pública) en investigación que todo nuevo fármaco conlleva. La industria farmacéutica no se arredra a la hora de pleitear contra los Estados en vías de desarrollo que ponen en marcha planes de choque contra enfermedades como la malaria o el sida apoyándose en tratamientos masivos de la población y utilizando medicamentos genéricos, mucho menos onerosos para las arcas públicas.

Ganar la opinión pública es fundamental, y los medios de comunicación –como instrumentos para ayudar a conformarla- son pieza clave en un debate que debería implicar a toda la ciudadanía. A todos nos afecta el futuro que ahora se está construyendo, a pesar de que tan solo cuenten con nosotros como sujetos pasivos, como meros e ignorantes consumidores. En nuestro país, pocos medios hablan del TTIP. A pesar de esa “autocensura”, algunos periodistas, como el Gran Wyoming o Iñaki Gabilondo, se han atrevido a romper el muro de silencio que rodea a los mal llamados tratados de libre comercio. Acuerdos como el TTIP más bien parecen mecanismos del capitalismo financiero para seguir creciendo a costa de la mayoría de la población.

Numerosos ayuntamientos del País Valenciano han aprobado mociones rechazando este tratado y declarándose territorio libre de TTIP. Y es que la soberanía y la democracia quedan seriamente tocadas por un tratado que impone como sistema de mediación de conflictos unos tribunales de arbitraje privados (ISDS) que someten la voluntad de los pueblos a los intereses de las grandes transnacionales.

Hace un año, visitó Valencia Susan George, activista antiglobalización y presidenta de ATTAC-Francia, invitada por la Campaña Valenciana contra el TTIP para presentar su último libro, “Los usurpadores. Cómo las transnacionales toman el poder”. La visita sirvió también para que el equipo de gobierno del Ayuntamiento del Cap i Casal aprobara una moción declarando libre del TTIP al municipio valenciano.

La movilización ciudadana se ha demostrado como el instrumento más eficaz para frenar este acuerdo. Las críticas al TTIP están presentes en numerosas manifestaciones, no solo en las sindicales. Algunos grupos parlamentarios y gobiernos autonómicos también se han posicionado ante un tratado que amenaza, entre otras cosas, con eliminar las Denominaciones de Origen, etiquetas comerciales con las que se preserva la calidad de las producciones locales más destacadas.

Dentro de la campaña de movilización popular, se recogieron más de tres millones de firmas para una Iniciativa Ciudadana Europea (una especie de ILP de ámbito comunitario) que diese voz a la ciudadanía sobre las negociaciones del TTIP que tanto le afectan. La vicepresidenta del Consell, Mónica Oltra, recibió a la comisión valenciana. A pesar de los apoyos recibidos, el Consejo Europeo ha rechazado dar vía libre a este mecanismo democrático de participación que permitiría a todas las poblaciones de los países de la Unión pronunciarse sobre el TTIP. Un rechazo que es una muestra más del preocupante déficit democrático que sufren las instituciones comunitarias.

A pesar de todos estos obstáculos que están apareciendo, la opinión ciudadana europea se va decantando por una radical oposición a un Tratado que únicamente interesa a las grandes empresas trasnacionales. La filtración de los documentos de la negociación ha abierto un nuevo capítulo en este culebrón de opacidad e intereses inconfesables. El llamado #TTIPLeaks ha sacudido con su baño de realidad el cuento de la lechera que nos vende el capital financiero. Parar el TTIP es posible y necesario.

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